Por Francisco Javier Castellón*
Llegué a Tepic a estudiar la preparatoria a los 15 años, la edad que ahora tiene mi hijo Camilo. Venía de la entonces próspera Costa de Oro, donde habían ocurrido procesos que no se dieron en otras regiones de Nayarit. Desde 1950, un proyecto social de la UNESCO llamado Ensayo Piloto había transformado la vida del valle más fértil de todo el estado y había generado una cultura comunitaria con valores culturales que perdurarían más de dos generaciones. Uno de esos valores era el aprecio por la lectura. En la mayoría de las casas, aún en las más pobres, se leían los dos pequeños diarios locales y en más de alguna, los diarios nacionales que llegaban a veces con un día de retraso. Mi padre comenzó leyendo el Excélsior, pero por razones de cercanía terminamos (sí, ambos) siendo asiduos lectores de El Informador de Guadalajara.
Mi experiencia juvenil en la prepa 1 revolucionó mi forma de leer y ante lo que acontecía en nuestro estado y en el país entero a finales de los años setenta, me convertí en lector del Diario del Pacífico, de Vida Nueva (diario de campaña de Alejandro Gascón) y obvio de Excélsior y conforme transcurrieron los años, de Proceso, unomásuno, Nexos y La Jornada. Ello me llevó, como a muchos otros estudiantes que habíamos decidido simpatizar con las izquierdas, a la búsqueda de las publicaciones que nutrieran nuestras simpatías, pero también los gustos y pasiones personales como el beisbol con la revista Hit y SuperHit o el POP en inglés con Notitas Musicales. En esa búsqueda di con el puesto de Aurora, que asemejaba un gran árbol de Navidad hecho de revistas, con nacimiento incluido, donde se ubicaban los periódicos del día. Por supuesto, fui sujeto de la frase “si no va a llevar la revista ahí déjela” y después, cuando preguntaba sobre alguna publicación que no encontraba colgada, con su mirada desconfiada, sólo me decía que volviera el próximo martes y por arte de magia aparecía, como sucedió con la revista Machete, que publicaba el Partido Comunista Mexicano y que no vendían en cualquier parte.
Por varios años seguí acudiendo a buscar publicaciones con Aurora, quizá hasta que el internet comenzara a copar nuestra atención, sobre todo al acceso a las publicaciones periódicas, a mediados de los años 90. Cuando algún amigo en redes sociales informó su fallecimiento, a mí me pareció que acababa de verla, ya con el pelo cano, todavía cuidando su puesto con el mandil de bolsas delanteras donde solía guardar las monedas para el cambio.
Con ella, sin duda, ha desaparecido en Tepic un punto de referencia de la prensa escrita, del olor a tinta de las publicaciones, de los papeles de diferentes calidades, de las ilustraciones inolvidables. Sin embargo, cuando pasemos por el portal Bola de Oro nuestra mente siempre ubicará el puesto de revistas donde abrevamos muchos y de la figura femenina, que sin cortesías que sobraran, la administró por siempre.
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*Docente universitario
Tomado de Meridiano






