La tristeza unánime por un Venado anarquista

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Era polifacético como pocos. Lo mismo charlaba con erudición sobre Rimbaud y Verlaine que construía una tesis sobre el origen de la mala suerte del Toluca, el equipo de sus amores o convencía a un gobernador para convertir una calle en espacio peatonal.

Jugaba billar y ajedrez, eran fan de los empacadores de Green Bay, férreo activista de la movilidad en Tepic, devoto estudioso de Nervo, voluntarioso constructor del archivo gráfico de Nayarit, cronista capitalino por aclamación, amigo leal, proveedor único de bromas y risas.

Enemigo de los clichés, jamás usó morral ni huaraches. Era anarquista estudiado, no necesitaba de la parafernalia de otros. Por el contrario, vestía bien. Hace un par de décadas se ufanaba de no tener un sólo pantalón de mezclilla. Usaba buen calzado, de piel y suela de vaqueta. Se perfumaba, además.

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Lo conocí en la calle conduciendo un Phantom a principios de los 90. Era uno de los líderes de las noticias radiofónicas. Venía de gastarse más de 100 mil dólares -herencia del padre fallecido en el 86- en cosa de meses viajando a Mazatlán para degustar mariscadas de ensueño.

Un día, así de la nada, me invitó a su casa a comer pozole. Ya no traía el carrazo de antaño. Don Pepe Hernández Guillén le prestaba una casa en el Fraccionamiento Lomas de la Cruz. Se movía en un Volkswagen sedán.

Esa vez me platicó su vida fuera de Tepic. Fue mesero en El Tapatío y conoció a Olga Breeskin, también vendedor comisionista en Muebles Janeiro, luego se convierte a la poesía infrarrealista en el DF y allá desayunaba tacos de iguana cerca de su morada, allá por Milpa Alta.

Ni pagaba impuestos, ni militaba en algún partido, ni tenia tarjetas de crédito, ni seguridad social. Un día, así nomás por deporte, se subió en el DF en un camión de redilas con rumbo a Mérida. El chófer iba por un viaje de henequén. Y allá va el Venadito en esa travesía que seguramente le significó perder un empleo o una beca literaria.

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Después del 2000 nos veíamos todos los jueves para jugar dominó y cenar tacos de gorra gracias al patrocinio de Don Mario Sánchez el propietario del motel La Loma.

Por esos días mutuamente nos hacíamos segunda para fraguar bromas de largo aliento. En realidad era una treta para mantener divertidos a nuestros amigos a cambio de unos tragos o unas tortas.

Nuestra audiencia nos pedía avances o informes y los citábamos en alguna cenaduría, un bar o alguna taquería. Ahí les narrábamos un nuevo capítulo de la chacota en progreso.

Siempre había algo ingenioso que contarles.

Recientemente nos granjeamos una buena cantidad de pozoles y enchiladas a cambio de exponer con lujo de detalles la mítica anécdota del chal -un episodio ocurrido dos décadas atras- protagonizada por el notario Antonio Herrera durante una cena de postín.

Mutuamente nos jalábamos a proyectos de toda índole. Que si un taller de literatura, que si un viaje a Morelia o al DF, que si una columna hecha al alimón, que si engordarle el caldo a un político, que si festejar algún cumpleaños.

Y todo lo que hacíamos -juntos o por separado- daba pie a una nueva tertulia gastronómica con nuestros mecenas. De vez en vez llegaba alguien nuevo a nuestra red de amigos y querían escuchar de viva voz los cuentos mil veces relatados.

Era un deleite escucharlo aderezar o de plano adulterar la versión real de los hechos. Yo por mi parte soltaba con frenesí anécdotas del Venado como si fuesen mías, como si en realidad las hubiera atestiguado. Y viceversa. La creatividad a tope.

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Un domingo de otoño del 2008 me llamó por celular desde su casita en Xalisco. Lo noté serio. -Qué pasa Venadito-. «Hoy probé por primera vez una sopa Maruchan. No es el diablo lo que dicen de ella».

Creo que aún estaba en la etapa de negación; no aceptaba saberse sólo, sin pareja. Fueron meses en los que se convirtió en ermitaño.

Muchos lo percibíamos. Un día me presumió que allá no necesitaba boiler, que el agua salía calientita. -Es por el exceso de manganeso. Ten cuidado-. Pronto se vino a Tepic.

Acá nos convertimos en su familia. Sobraba quien lo invitara comer en la época de vacas flacas. Conmigo solía ir a los tacos de lengua con Javier o al pozole con Estudillo. Le volvió ese buen humor contagioso. Era un placer escucharlo narrar charras propias y ajenas.

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Hace meses dejó el cigarro y el tequila. Retomó con seriedad su control de glucosa e inició un tratamiento para mejorar la circulación en sus piernas.

Cuando se sentía mejor nos dábamos el lujo de cenar antojitos mexicanos o comer un cocido en el mercado.

A veces no estaba de ánimo y nos lo decía. Se refugiaba en su cuarto alquilado del barrio del Santuario a clasificar fotos antiguas. Carecía de TV pero se las arreglaba para ver deportes en su celular.

El 2 de octubre fue a cita con su especialista. Me envió una foto desde la sala de espera. -Dile que ya te dé de alta para ir al pozole-. «Si ¿Verdad? Esa historia del chal de mi compadrito la quieren escuchar muchos. Hay que seguirle sacando jugo».

Quedamos de hablarnos el sábado para hacer una enésima apuesta deportiva vía Facebook.

Este domingo jugaron sus Empacadores contra mis Vaqueros. Nunca llamó.

Quién si se comunicó a las 3:46 de la tarde fue nuestro mutuo compadre Toño Herrera -el de la ya famosa anécdota del chal-. «Acaba de morir el Venado».

Después vino la conmoción y tristeza unánimes. La mía, la de sus amigos, la de quienes no lo conocieron. En una ciudad donde el consenso es imposible, Bernardo Macías Mora logró enlutecernos a todos, sin disensos. A todos.

Las redes sociales retrataron el carisma irrepetible de un personaje inigualable, culto, respetuoso, simpático, solidario y justiciero.

Tepic lo extrañará.

Nosotros sus amigos cuanto y más.