Nayarit.- La mañana del miércoles comenzó con silencio y miradas perdidas en el canal de riego cercano a la presa El Jileño. Era el segundo día de búsqueda de Brayan, el niño de 8 años que había desaparecido la tarde anterior. Su padre, Carlos, no se movía del lugar donde vio por última vez a su hijo.
Las horas avanzaban y las esperanzas de encontrarlo con vida se desvanecían. El agua corría turbia, mientras bomberos, voluntarios y policías estatales se turnaban en una labor que no había pausado desde la tarde del martes.
En medio de esa escena, el oficial de Bomberos de Nayarit, Ursus Gabriel Magallanes, se acercó a la familia para explicar el siguiente paso: colocar una red de contención y abrir las compuertas para forzar el arrastre del cuerpo.

Carlos, con la voz apagada y sin fuerza, sólo alcanzó a decir “está bien”. No levantó la mirada. Permanecía inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido en el mismo punto donde Brayan desapareció.
Fue cerca de las cinco de la tarde cuando los rescatistas abrieron las compuertas y el agua aumentó su fuerza. Durante 25 minutos la corriente golpeó la red que habían instalado, hasta que, entre los hilos tensos, apareció la silueta del pequeño Brayan.

El operativo se detuvo, otro socorrista Josh Ojeda había entrado al agua, lo tomó entre sus brazos y lo llevó hasta la orilla. Carlos, tambaleante, apenas se sostenía de pie. No hubo gritos ni palabras, sólo un silencio profundo y el llanto de su esposa, mientras vecinos y voluntarios bajaban la mirada.
Con el hallazgo, terminó una búsqueda que duró más de un día, pero comenzó un dolor que para la familia de Brayan no tendrá fin. Carlos, un jornalero que trabaja de sol a sol para sostener a su familia, ahora carga con la pérdida de su hijo mayor, mientras el poblado entero acompaña en silencio este duelo.






