Christopher Agraz
Entre ladridos juguetones, colitas inquietas y miradas llenas de ternura, Evelyn inicia su jornada desde muy temprano. Su labor no se limita a limpiar corrales o bañar a los lomitos: implica ofrecerles un espacio digno, seguro, donde puedan sentirse amados. Cada traste de agua que renueva y cada rincón que talla forman parte de una rutina diaria que, más que una obligación, es un acto constante de cariño, compromiso y respeto por la vida.
A lo largo del día, Evelyn y su equipo se ocupan de mantener limpias las casitas, cambiar alimentos, administrar medicamentos a quienes lo requieren y hasta decidir qué lomitos merecen un buen baño según su estado. Porque en este refugio, cada detalle importa. Y aunque el trabajo es demandante, ella lo vive como una lección diaria: “ser cuidadora ha sido mi verdadera escuela de vida”, confiesa.
Al caer la tarde, todo vuelve a su lugar. Los perros descansan, el albergue queda limpio, y el cansancio se transforma en satisfacción. Porque cuidarlos no es solo un deber, sino también una forma de ofrecerle al mundo aquello que a veces escasea: tiempo, atención… y cariño.





