En el fraccionamiento Vistas de la Cantera, una casa sigue con la luz encendida y la cinta de “prohibido el paso” en la entrada. Afuera, dos veladoras intentan iluminar el vacío que dejó Mayra Rocío Vargas, quien fue ultimada por su esposo José Juan la noche del domingo 16 de marzo. Con su muerte, dejó tres hijos en la orfandad y marcó la vida de una menor de 15 años que presenció la escena del crimen.
Aquel día, José Juan y Mayra estaban conviviendo y bebiendo alcohol en su hogar, algo que para los vecinos fue extraño, pues ella había dejado de tomar desde hace tiempo por problemas de ansiedad y presión arterial. Sin embargo, esa noche las cosas fueron distintas. En medio del alcohol y viejas discusiones no resueltas, el esposo comenzó a reclamarle a su esposa, asegurando que todo lo que tenían era gracias a él. Mayra le respondió que la casa era de ella, lo que hizo que el hombre se alterara aún más.
Mientras la discusión escalaba, su hija de 15 años —quien no era hija biológica de la víctima, pero la veía como su madre— salió corriendo a pedir ayuda. Vecinos la vieron asustada, desesperada, tratando de encontrar a alguien que interviniera. Cuando regresó, fue demasiado tarde. Su madrastra estaba en el suelo, con cinco heridas profundas en el abdomen y un charco de sangre a su alrededor. En la mesa, un cuchillo ensangrentado. Su padre ya había huido.
El feminicidio conmocionó a los vecinos, quienes aún no pueden creer lo sucedido. Ricardo Jiménez, quien vive cerca de la vivienda, recuerda cómo encontró la escena cuando llegó esa noche.
«Cuando llegué, vi todo acordonado y las patrullas por todos lados. Fue un shock. Nadie pensaba que algo así podía pasar. Llevaban más de diez años juntos y, aunque él era terco, nunca lo vi levantarle la mano. Pero sí se ponía agresivo cuando discutían, siempre quería tener la razón.»
Otra vecina mencionó que Mayra era una mujer trabajadora, dedicada a sus hijos, y que él era una persona que cambiaba de humor rápidamente.
«Él podía ser tranquilo, pero cuando discutían se ponía necio, como que no podía perder una pelea. Y ella ya tenía tiempo que no tomaba, estaba en tratamiento. No sé cómo pasó todo esto, pero la niña fue la que corrió a pedir ayuda. Pobrecita, se quedó sola después de ver eso.»
A pocas horas del crimen, la Fiscalía General del Estado logró ubicar a José Juan en Tepic y lo detuvo. Ahora enfrenta cargos por feminicidio, pero ni su captura ni su proceso legal podrán reparar el daño causado ni devolverle a sus hijos la vida que perdieron con la muerte de su madre.
Hoy, la vivienda donde ocurrió el feminicidio es un símbolo del horror. Afuera, la cinta de “prohibido el paso” sigue colocada en la puerta, recordando lo que sucedió. Dos veladoras encendidas en la entrada simbolizan el duelo. En el interior, las luces siguen prendidas, como esperando a alguien que ya no regresará.
Los vecinos miran la casa con tristeza y miedo. El silencio es abrumador, roto solo por murmullos de incredulidad. Algunos siguen preguntándose si pudieron haber hecho algo para evitarlo. Otros insisten en que la violencia de género no debe normalizarse, que hay señales que no deben ignorarse.
«Nunca pensamos que algo así pasaría. Ahora sabemos que esas discusiones que parecían ‘comunes’ no lo eran. Y cuando nos dimos cuenta… ya era demasiado tarde.»





