Así son las noches a las puertas de la mina de Coahuila: aún no hay señales de los trabajadores

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Fotografía: Emilio Espejel / El País

La noche en Coahuila es casi tan negra como el carbón es casi tan negra como el carbón que dibuja cicatrices sobre la cara de Sergio Martínez, después de haber pasado todo el sábado peleando con la tierra, el sol y el agua para salvar a su hermano pequeño, Jorge Luis.

Las estrellas salen sobre la mina de Las Conchas, en Sabinas. Y con ellas, él acaba otro turno en uno de los equipos que contra toda probabilidad tratan de rescatar con vida a los 10 mineros atrapados desde el miércoles bajo el derrumbe del pozo tres.

Martínez enciende un cigarro, las manos gruesas y callosas de trabajador manual tiznadas por el mineral que en esta región es sustento y a la vez condena, pero se olvida de fumarlo. Las brasas se consumen hasta que todo lo que queda es un hilo de ceniza que cae con suavidad sobre el polvo del desierto.

La verdad, quisiera ir a un lugar y gritar. Desahogarme. Ya llamé a mi hermano pozo por pozo. Pensar que está ahí dentro, si respira, la agonía… Si uno supiera cuando alguien se va a morir para poder despedirse”.

Martínez de 36 años de edad, llora lágrimas contenidas que al caer por sus mejillas arrastran el polvo acumulado. Clava la mirada en los pozos y deja sobre una nevera portátil en la que sus familiares almacenan agua fría el casco blanco, el chaleco naranja, la linterna.

Junto a él, otro grupo de parientes que se niegan irse a casa se han congregado en vigilia en un campamento improvisado con una pequeña carpa y unas cuantas sillas de plástico. Esperando estoicos en la noche están su hermana; su esposa; su hijo adolescente; la esposa de Jorge Luis, Carolina Álvarez, de 33 años de edad y la hija mayor de ambos, Alison, de 16.

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